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Film Estreno

Los descendientes

El paraíso perdido Los descendientes

Por Joel Poblete

Con sólo cinco largometrajes en un período de 15 años, Alexander Payne ha desarrollado una filmografía atípica y personal que lo ha confirmado como uno de los realizadores más valiosos del cine estadounidense actual. Ese puñado de películas pequeñas y entrañables, de un humanismo que desarma y se revela al espectador tras lo que aparece como trivial o menor, lo ubica en la senda del mejor cine independiente que ha producido Estados Unidos; sí, independiente, porque a pesar de trabajar con estrellas como Jack Nicholson o George Clooney y contar con el apoyo de uno de los estudios más importantes de Hollywood, el tono de los filmes de Payne, así como sus recursos narrativos y visuales, prescinden de grandes despliegues para concentrarse en los detalles, en las historias mínimas y cotidianas, en cuyos personajes y las situaciones en las que éstos se ven envueltos pueden reconocerse los ecos del cine que en los años 70 desarrollaron cineastas como Hal Ashby, Robert Altman y Bob Rafelson.

Los protagonistas de las películas de Payne no son héroes, sino individuos comunes enfrentados a circunstancias que alteran o remecen sus rutinas cotidianas, las convicciones a las que se han aferrado toda una vida o simplemente los esquemas en los que se habían refugiado y que les habían impedido mirarse a sí mismos y su relación con quienes los rodean. Las circunstancias no serán extraordinarias, sino a menudo muy reconocibles para más de un espectador: una elección estudiantil, la jubilación y la muerte de un familiar o un viaje vitivinícola. Lo importante es que las decisiones y actitudes que los protagonistas tomen frente a estas circunstancias serán claves: quizás en apariencia sus vidas no cambiarán tanto, pero a nivel interno marcarán un ineludible antes y un después.

Matt King (George Clooney), el protagonista de Los descendientes (basada en la novela de Kaui Hart Hemmings), es un abogado estadounidense que vive en Hawai y debe sobreponerse al grave accidente que ha sufrido su esposa, lo que lo obliga a tener que preocuparse directamente de sus dos difíciles hijas, al tiempo que intenta decidir qué harán él y sus primos con su herencia familiar, el paradisíaco megaterreno que poseen en una de las islas de la zona. King es otro más de los personajes de Payne en un momento de decisión: ya lo fueron otros hombres, como el profesor McAllister en Election (1999), el veterano Warren Schmidt de Las confesiones del Sr. Schmidt (2002) y Miles Raymond y su amigo Jack, en Entre copas (2004), pero demostrando que el cine del realizador también tiene buenos personajes femeninos, lo fueron asimismo la protagonista de su ópera prima, Citizen Ruth (1996), la encantadora y guapa Maya de Entre copas y Carol, la turista estadounidense de visita en la Ciudad Luz, en el bello y memorable corto que Payne dirigió como cierre para la película colectiva Paris je t'aime (2006). Y en Los descendientes, las dos hijas son fundamentales en el proceso personal del protagonista.

Tal vez la cinta no tiene grandes movimientos de cámara o planos secuencia que dejen al público con la boca abierta, pero qué bien dirige Payne, qué bien cuenta la historia y retrata a sus personajes con sólo pocas escenas y algunos detalles. Como ya se ha podido apreciar en sus anteriores trabajos, el guión y la dirección consiguen un espléndido balance entre el drama y la comedia, a veces incluso en una misma escena; es un mérito mucho más difícil de lo que parece, quizás por la fluidez y naturalidad con las que lo logra el cineasta, en especial en esta ocasión, donde son muchos más los elementos dramáticos y nuevamente junto con el humor agudo y mordaz, están presentes la tristeza y la melancolía, pero nunca se recurre a la lágrima fácil o los estallidos emocionales. Además, como en Las confesiones del Sr. Schmidt, Entre copas y el episodio de Paris je t'aime, al tiempo que sus protagonistas experimentan un verdadero viaje interno, influyen los desplazamientos geográficos que realizan: en esta oportunidad son los recorridos de una isla a otra los que ayudan a Matt King a reflexionar aún más en las decisiones que debe tomar. Hawai no sólo es capturado como un entorno bucólico y envidiable (una paradoja para los delicados conflictos personales que tiene que resolver King, como él mismo lo da a entender al inicio de la película), sino también como una interesante fuente de observaciones sobre la forma de ser del estadounidense promedio cuando está fuera de su territorio habitual. En ese sentido, la ambientación en el archipiélago está muy lograda, en especial gracias a las casi omnipresentes canciones de la banda sonora (por esta vez, Payne prescindió de uno de sus colaboradores más fieles, el talentoso compositor Rolfe Kent).

A pesar de todos sus logros, puede que a la película le jueguen un poco en contra las altísimas expectativas que había por el nuevo largometraje del realizador, siete años después de la notable Entre copas, en especial porque a su guión, aunque certero y lleno de detalles, parece faltarle aún más definición y consistencia (tal vez hizo falta Jim Taylor, el guionista que había coescrito las cuatro películas anteriores del director). Los descendientes es estupenda como mirada a las dudas vitales y los momentos de decisión frente a los golpes y revelaciones que llegan de improviso, pero también sobre la paternidad (Matt y sus hijas, sus suegros y la hija en coma); de hecho, es la primera película del cineasta en que se reflexiona de verdad sobre la familia y cómo se enfrentan sus quiebres internos, en distintos planos: los "descendientes" a los que se refiere el título no son sólo la familia que debe resolver qué hace con las tierras de los antepasados sino fundamentalmente los hijos.

Nuevamente Payne confirma que una de sus mayores virtudes como cineasta es la dirección de actores; el magnífico elenco reunido está entre las grandes fortalezas de Los descendientes. A todos los que piensan que George Clooney siempre interpreta el mismo personaje, sería bueno que se fijen en los matices que logra en su Matt King, desarrollando una cuerda interpretativa que ya había trabajado en Michael Clayton (2007) y Amor sin escalas (2009): acá lo percibimos aún menos seguro de sí mismo y con menos control de las situaciones, más vulnerable y cercano, en definitiva más humano y conmovedor incluso en sus momentos cómicos. Y el resto del reparto está totalmente a la altura, en especial Shailene Woodley –una estupenda revelación- y dos intérpretes que están estupendos en sus breves apariciones, Judy Greer y el veterano Robert Forster. Gracias a sus actores, el realizador logra convencernos y conmovernos aún más, y sabe manejar el tiempo y mantener el ritmo y el interés del espectador, arriesgándose en sus giros argumentales, en especial al cerrar y definir todo hacia el desenlace de manera más simple, directa y concisa de lo que uno podría esperar, sin recurrir a estridencias ni golpes bajos. Porque en las películas, como en la vida, no siempre los conflictos se resuelven con grandes epifanías o con escenas catárticas y definitivas, sino en tono menor, reposado, maduro.

The Descendants
EEUU, 2011
Dirección:
Producción:
Guión:
Fotografía:
Montaje:
Música:
Elenco:

Duración:
Alexander Payne
Alexander Payne, Jim Taylor y Jim Burke
Alexander Payne, Nat Faxon y Jim Rash
Phedon Papamichael
Kevin Tent
Gabby Pahinui, Ray Kane y otros
George Clooney, Shailene Woodley, Nick Krause, Judy Greer, Robert Forster
115 minutos

 

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