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Kirk Douglas & Strangers When We Meet Escenas de la vida (extra)conyugal

En la extensa filmografía del centenario Kirk Douglas se encuentra de todo. Grandes películas revisitadas hasta el hartazgo, cintas irregulares o del montón, films pequeños y encantadores, obras fallidas sin apelación y joyas preciosas ignoradas u olvidadas en el tiempo. "Strangers When We Meet" es una de ellas.

Por Jorge Morales

El 9 de diciembre de 2016, Kirk Douglas cumplirá 100 años. Un récord impresionante aunque sea una edad que ya no parezca imposible de alcanzar. En el cine, por ejemplo, el realizador portugués Manoel de Oliveira vivió hasta los 106 y filmó lúcidamente hasta el día de su muerte. La misma lucidez que dicen todavía tiene Kirk Douglas que, sin embargo, hace 8 años dejó de actuar. Douglas se "jubiló" tras Meurtres à l'Empire State Building (Los asesinatos del Empire State, 2008), un falso documental del tunesino William Karel (Operación Luna, 2002) donde compartía protagonismo con otros actores viejos (ya fallecidos) como Ben Gazzara y Mickey Rooney. Sea una señal o una mera coincidencia, en esa última y singular representación, Kirk Douglas aparecía en pantalla sin decir una sola palabra.

No cabe duda de que la prensa y los medios especializados le dedicarán extensas notas cuando se cumpla su centenario. Yo también estoy pensando hacer lo mismo. Soy fanático de Kirk Douglas desde que vi Espartaco (Spartacus, 1960), de Stanley Kubrick, cuando era niño. Es, por lejos, mi cinta kirkiana favorita. La he visto docenas de veces y sigue cautivándome. Aparte de actuar, Kirk Douglas fue su productor ejecutivo y uno de los responsables de que el nombre del guionista Dalton Trumbo –hasta ese momento perseguido por el macartismo y por lo tanto vedado de trabajar en la industria hollywoodense- apareciera sin eufemismos (llámese pseudónimo o el nombre de otro guionista) en los créditos. Aunque rara vez se considera a los actores como responsables de las películas en que participan, no cabe duda que las cintas que escojan prueban, en uno u otro sentido, su olfato, coraje e inteligencia. Y esa elección ayuda considerablemente a que ese film tenga una estatura que no la tendría si ese actor no estuviera participando. En otras palabras, Espartaco no sería Espartaco sin Kirk Douglas, y eso, particularmente en este caso, no sólo tuvo que ver con su resultado artístico.

Kirk Douglas tiene una cantidad inestimable de cintas perdurables. Y en muchos casos, su sola presencia las hizo perdurar. Para mí, una película protagonizada por Kirk Douglas me parece suficiente motivo para visionarla. Al final me puede gustar o no, pero si está él se ganó mi simpatía inicial. Por eso, pensando en escribir un texto para sus 100 años, me puse como propósito ver la mayor cantidad de películas donde él haya actuado de aquí a diciembre. Aunque puede resultar impracticable ver su filmografía completa (tiene más de ochenta films –ochenta y seis según www.imdb.com- y hay varios que son imposibles de encontrar), al menos abarcaré en principio sus cintas disponibles que alcanzan la treintena.

Como es natural, muchas de estas películas las he visto antes varias veces como El gran carnaval (Ace in the Hole, 1951), de Billy Wilder, Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli, El loco del pelo rojo (Lust for Life, 1956), también de Minelli, Duelo de titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1956), de John Sturges, etc. Otras, las estoy viendo por primera vez, y como es obvio me he llevado algunas decepciones, lo que no tiene nada de raro: ningún actor que se precie va siempre a la segura. Naturalmente también me he encontrado con varias sorpresas. Y ahora último, una auténtica obra maestra más o menos desconocida.

De Strangers When We Meet (Richard Quine, 1960) no tenía ningún antecedente y no recuerdo haber escuchado o leído antes sobre ella. En rigor, tampoco es una película "desconocida" porque está protagonizada –aparte de Douglas- por Kim Novak y Walter Mathau sobre una novela del escritor y guionista Evan Hunter (Los pájaros).

Larry Coe (Kirk Douglas) es un arquitecto casado y exitoso, que deslumbrado por su vecina Margaret Gault (la carnal Kim Novak) con quien se topa cada vez que ambos van a dejar a sus hijos al autobús escolar, se involucra con ella. Además Coe construye a medida una casa "de autor" a un escritor de bestsellers y trata socialmente con Walter Mathau, un manipulador vecino que descubre la infidelidad.

Kim Novak y Kirk Douglas

Lo más sorprendente de la película son las pulsiones casi incontrolables de sus personajes. Coe no se la piensa un segundo para seducir a su vecina, aunque en apariencia tiene un matrimonio estable y feliz. No es sólo que parezca hechizado por Novak, es más bien como si estuviera en su naturaleza seguir sus instintos sin culpa y no se asoma ninguna sombra de remordimiento hasta que efectivamente teme ser descubierto. Gault no sabe bien cómo lidiar con su despampanante presencia (una belleza y erotismo a flor de piel) y una notoria fragilidad emocional (en parte generada por el abierto desinterés físico de su marido) lo que la lleva a involucrarse en situaciones comprometedoras. Y el personaje de Walter Mathau que con su cinismo natural (uno de los pocos grandes actores que siempre supo representar una personalidad tan repulsiva como chispeante) aterriza la relación a su lado más turbio. Una inercia conductual que se ve reflejada a la perfección en unos diálogos agudamente naturalizados. En el primer encuentro de Coe con Gault en el supermercado donde Gault se muestra algo fría y displicente, y Coe le dice como hablándose a sí mismo: "Después de todo, no es tan bonita", como si no pudiera reprimir lo que siente frente a ella.

Lo notable de Strangers When We Meet es que tratándose de un amor frustrado, la pareja asume la frustración con sobriedad pero sin renegar del amor perdido. No es la otrora resignación conservadora que, por una especie de norma superior, se sigue una conducta que rivaliza con el deseo pero que ordena el mundo. Ni el gimoteo suicida de los amantes hiperventilados que prefieren la muerte a la separación. Acá parece simplemente una sumisión cobarde. Asumen la pérdida porque no tienen fuerza para cambiar. Mientras Coe decide seguir con su mujer (que se muestra fuerte y decidida a divorciarse en principio cuando descubre la infidelidad, y luego aparece totalmente destruida cuando se humilla para que él no la abandone), Gault prefiere seguir dejando su aura de femme fatale desvalida y aceptar sin objeciones el abandono. No es la negación al dolor es peor, es la negación a la felicidad.

Esta película sintoniza muy bien con el Todd Haynes de Carol (2016) y Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002), esos estilizados retratos de amores subversivos en el contexto hipócrita de los '50 pero rodados en pleno siglo XXI. Filmada con la misma elegancia formal de Haynes, muestra todas las facetas que hicieron célebre a Kirk Douglas y que pueden ser dichas en una sola palabra: temperamento. Quizás para vivir 100 años y filmar 80 películas sea lo único realmente imprescindible.

 

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