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Film Estreno

Redentor Gringo con chupalla

Por Jorge Morales

La irrupción de Ernesto Díaz en el panorama del cine en Chile primero con Kiltro, pero sobre todo con Mirageman, fue estimulante. El cine comercial, de género, B, ya había tenido dos exponentes nacionales (Jorge Olguín y Nicolás López), pero ninguno había mostrado un punto de vista original que aportara algo a esos derroteros en Chile o en cualquier parte del mundo. En cambio, Ernesto Díaz, sí. Trabajando en un formato extremadamente simple, con ciertas leyes más o menos establecidas, Díaz, con pequeños toques irónicos y un notable sentido del humor, transformaba un producto convencional en una obra casi personal. Sin duda para que esta combinación funcionara perfecta era necesario tener un socio como Marko Zaror, un artista marcial y actor (en ese orden) que tenía varios elementos excepcionales: una gran presencia física, una destreza técnica profesional superior y una actuación funcional (siempre serio hasta para hacer el ridículo). Lo cierto es que tras esas tres primeras obras, y tras revisionar, a su manera, tres géneros cinematográficos (las artes marciales, los films de superhéroes y las cintas de espionaje), Díaz hizo dos películas sin Zaror que si bien capturaban algo de sus hallazgos anteriores, son infinitamente menos interesantes y memorables que Kiltro, Mirageman o Mandrill. Tanto Tráiganme la cabeza de la mujer metralleta o Santiago violenta son parodias de parodias, más excéntricas que sofisticadas y si bien conservan el oficio técnico de Díaz tienen muchísimo menos originalidad aunque, por sus excesos, parezca lo contrario.

En principio, Redentor podría verse como un regreso, o una redención, para quienes veíamos a Díaz medio perdido. Nuevamente esta Zaror, hay una trama "seria", simplísima, sin tanto artilugio, y un contenido tono cómico. Pero no es más que la apariencia. Díaz recupera a Zaror y sus notables coreografías en artes marciales y las filma con la habilidad que le caracteriza. Son, por lejos, lo más destacable de la película. Pero aparte de la acción no queda nada más. La pobrísima historia –el regreso a Chile de un sicario nacional que trabajaba para la mafia mexicana busca la redención como vengador anónimo deambulando de pueblo en pueblo hasta llegar a Pichidangui- no tiene un solo elemento rescatable. El deslucido balneario nortino tiene poco que ofrecer cinematográficamente (aunque Díaz quiere filmarlo como si fuera un pueblo abandonado del viejo oeste), y el sentido del humor y tono irónico tan caros en Mirageman, acá no se encuentra por ninguna parte. La participación del actor norteamericano Noah Segan (que figura como uno de los productores, además), se supone va en ese sentido. Es el "comediante" de la película, digamos. Pero su mediocre "rutina" humorística no aparece más que en tres secuencias aisladas (filmadas en la misma locación) donde el "mejor" chiste (que es lejos el peor) es ver al gringo disfrazado de huaso.

Ernesto Díaz perdió la brújula. Del prometedor debut de Kiltro –donde hasta se las ingenió para convertir fácilmente el tranquilo barrio de comerciantes multirracial de Patronato en tierra de mafias y conflictos étnicos-, de Mirageman –un héroe local ingenuo, cargado con todas nuestras torpezas, pequeñeces y miserias de país subdesarrollado explicitadas con notable sencillez (y un partner inolvidable: Pseudo Robin), y que injustamente no trascendió- y Mandrill –mucho más pulida que las demás, y quizás por lo mismo, no tan entrañable-, parece quedar poco más que Zaror. Con toda su sobreactuación natural y su entereza atlética, Marco Zaror puede dar "seriedad" a la historia más insulsa (como la de Redentor). Pero es Díaz el que queda al debe: no pone la dosis de malicia, de ironía fina, de visión de mundo, incluso, que se vio en sus primeras películas. Como cuando Mirageman se demora una eternidad en ponerse su traje de superhéroe, y tras vencer a los "malos", descubre que le han robado su ropa y trata de regresar a su casa haciendo dedo, y finalmente arrimándose a un camión de basura. En un timing perfecto de comedia, Díaz hasta da una puntada crítica sobre Chile. Bueno, pues eso, ya no está.

La asociación de Díaz con Nicolás López, que sigue facturando el peor cine chileno comercial del momento (y ampliando su principado de mediocridad a EEUU gracias a Eli Roth con filmes lamentables como Knock Knock y The Green Inferno, está última editada por Ernesto Díaz), hacen sospechar que parte de su talento se ha desperdiciado dirigiéndolo a proyectos netamente comerciales y televisivos como Fuerzas especiales 2 (producida por López).

La filmografía de Díaz nunca fue perfecta. Hasta Mirageman, con todos sus méritos, tiene un montón de detalles discutibles. Pero Díaz es un cineasta que encontró un punto desde donde partir –que no es poco-, y avanzó unos pasos. Un realizador más que haga películas de artes marciales con historias malas e insulsas (que se suponen serias) no hace falta. Lo que Díaz encontró fue mucho más que eso, y sería menospreciar su potencial pensar que su techo sea un popurrí de combos y patadas más un pobre gag de un gringo con chupalla.

 

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