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Nadie dijo nada Enoch Soames (parte 1)

Cuando hace unos años se recuperó Nadie dijo nada, un extraviado film de 1971, para muchos fue el descubrimiento de una de las mejores películas de Raúl Ruiz. Una divertidísima mirada sobre el mundo de la intelectualidad bohemia nacional, hecha con mucha sorna y cariño. La cinta fue una adaptación del cuento Enoch Soames, del escritor y caricaturista inglés Max Beerbohm. Publicado originalmente en 1916, fue traducido al español por Borges para su clásica Antología de la Literatura Fantástica (1940), y el escritor Roberto Bolaño prologó una nueva publicación del relato con el explícito título de "Un cuento perfecto". Aunque Ruiz se tomó muchas libertades como era su costumbre, la película conserva varios elementos de la trama que tiene un tono muy ruiziano.
(Foto: Max Beerbohm según Sickert)

Por Max Beerbohm / Traducción: Jorge Luis Borges

Cuando el señor Holbrook Jackson publicó un libro sobre la literatura de la penúltima década del siglo XIX, miré con ansiedad el índice, en busca del nombre SOAMES ENOCH. Temía no encontrarlo. En efecto, no lo encontré. Todos los otros nombres estaban ahí. Muchos escritores, así como sus libros ya olvidados, o que sólo recordaba vagamente, renacieron para mí en las páginas del señor Holbrook Jackson. Era una obra exhaustiva, brillantemente escrita.

Aquella omisión confirmaba el fracaso total del pobre Soames. Sospecho que soy la única persona que lo notó. ¡Hasta ese punto Soames había fracasado! Tampoco es un consuelo suponer que si hubiera logrado algún éxito, yo lo habría olvidado, como a los otros, y sólo hubiese vuelto al llamado del historiador. Es cierto que si sus dotes, tales como eran, hubieran sido reconocidas en vida, no hubiera hecho el pacto que hizo, ese extraño pacto, cuyas consecuencias lo han destacado siempre en mi memoria. Pero esas consecuencias subrayan la plenitud de su infortunio. No es compasión, sin embargo, lo que me impulsa escribir sobre él. Por su bien, pobre amigo, preferiría guardar silencio. No hay que burlarse de los muertos. ¿Y cómo escribir sobre Enoch Soames sin ponerlo en ridículo? Más bien ¿cómo ocultar el hecho nefasto de que era un ser ridículo? No seré capaz de hacer eso. Tarde o temprano, sin embargo, tendré que escribir sobre él. Ustedes verán, a su debido tiempo, que no me queda otra alternativa. Tanto da que ahora lo haga. En el verano de 1893, un bólido cayó sobre Oxford. Se hundió profundamente en la tierra. Algo pálidos, profesores y estudiantes se apiñaron a su alrededor sin hablar de otra cosa. ¿De dónde procedía ese meteoro? De París. ¿Su nombre? Will Rothenstein. ¿Su propósito? Ejecutar veinticuatro retratos en litografía, que publicaría la Bodley Head, de Londres. El asunto era urgente. Ya el director de A, el de B, como el decano de C, habían posado con humildad. Ancianos majestuosos y confusos que nunca se habían dignado posar, no resistieron al forastero. No suplicaba: invitaba; no invitaba: ordenaba. Tenía veintiún años. Sus anteojos resplandecían. Conocía a Whistler, a Edmond de Goncourt, conocía a todos en París. Se murmuraba que en cuanto liquidara su colección de profesores, incluiría a algunos estudiantes.

Fue orgulloso día para mí cuando me incluyeron. Admiraba y temía a Rothenstein; surgió entre nosotros una amistad que los años enriquecieron.

Cuando llegaron las vacaciones se estableció en Londres. A él debo mi conocimiento de Chelsea. Fue Rothenstein quien me hizo conocer, en Pimlico, a un joven cuyos dibujos eran famosos entre la minoría. Se llamaba Aubrey Beardsley. Me llevó también a otro centro de inteligencia y osadía, el Café Royal.

Ahí, en ese atardecer de octubre, ahí, en ese exuberante panorama de ornamentos dorados y terciopelo carmesí, entre opuestos espejos y cariátides laboriosas, entre columnas de humo de tabaco que ascendían al cielorraso pintado y pagano, entre el zumbido de conversaciones sin duda cínicas, interrumpidas por las fichas de dominó en las mesas de mármol, respiré profundamente y me dije:

—Esta, esta es la vida.

Anochecía. Bebimos vermouth. Quienes conocían a Rothenstein lo señalaban a quienes sólo lo conocían de nombre. Constantemente entraban hombres que erraban de un lado a otro en busca de mesas libres o de mesas ocupadas por amigos. Uno de ellos me interesó porque parecía querer llamar la atención de Rothenstein. Pasó dos veces, con mirada indecisa; pero Rothenstein, absorto en una disertación sobre Puvis de Chavannes, no lo vio... Era una persona encorvada, vacilante, más bien alta, muy pálida, de pelo algo largo y negro. Tenía una rala, imprecisa barba o, mejor dicho, tenía un mentón sobre el cual muchos pelos se retorcían para cubrir su retirada. Era una persona de aspecto extraño, pero a fines del siglo pasado, si no me equivoco, los aspectos extraños eran más frecuentes que ahora. Los jóvenes escritores de aquella época —y estaba seguro de que ese hombre lo era— procuraban impresionar por la apariencia. Este hombre lo procuraba en vano. Usaba chambergo de corte clerical pero de intención bohemia, y una impermeable capa gris, que, tal vez por ser impermeable, no conseguía ser romántica. Decidí que "impreciso" era el mot juste (la palabra correcta) que le correspondía. Yo también había intentado escribir y me perturbaba el mot juste, aquel talismán de la época.

El hombre impreciso volvió a pasar; esta vez se detuvo.

—Usted no me recuerda —dijo con una voz insípida. Rothenstein lo miró.

—Sí, lo recuerdo —replicó después de un momento, con más orgullo que efusión, orgullo por la eficacia de su memoria—. Edwin Soames.

—Enoch Soames —dijo Enoch.

—Enoch Soames —repitió Rothenstein como significando que ya era mucho haber recordado el apellido—. Nos encontramos en París, dos o tres veces, cuando usted vivía ahí. Nos encontramos en el Café Groche.

—Y fui a su estudio una vez.

—Deploro que no me encontrara.

—Pero lo encontré. Usted me mostró algunos de sus cuadros. ¿No recuerda? He oído que usted vive en Chelsea, ahora.

—Sí.

Me asombró que después de este monosílabo, Mr. Soames no se fuera. Se quedó pacientemente donde estaba, como un animal inerte, como un borrico mirando una tranquera.

Melancólica figura, la suya. Se me ocurrió que "hambriento" era quizá el mot juste que le correspondía; pero ¿hambriento de qué? Parecía más bien desganado. Me dio lástima; y Rothenstein, aunque no lo había invitado a Chelsea, lo invitó a sentarse y a tomar algo. Sentado, adquirió más aplomo. Echó hacia atrás las alas de su capa, con un gesto que –si las alas no hubieran sido impermeables- podía haber parecido un desafío a todas las cosas. Y pidió un ajenjo.

Je me tiens toujours fidèle —le dijo a Rothenstein— à la sorcière glauque (Yo soy siempre fiel a la bruja espeluznante).

—Le va a hacer mal —dijo Rothenstein secamente.

—No puede hacer mal —dijo Soames— Dans ce monde il n'y a (En este mundo no hay) ni de bien ni de mal.

— ¿Nada bueno y nada malo? ¿Qué quiere usted decir?

—Todo eso lo expliqué en el prefacio de Negaciones.

— ¿Negaciones?

—Sí; le di a usted un ejemplar.

—Sí, desde luego. ¿Pero usted llegó a explicar, por ejemplo, que no hay diferencia entre buena y mala sintaxis?

—No —dijo Soames—. En el Arte existen el Bien y el Mal. Pero en la Vida... no. —Estaba armando un cigarrillo. Tenía manos débiles y blancas, no muy limpias y con las puntas de los dedos manchadas con nicotina. — En la vida tenemos la ilusión del bien y del mal, pero –su voz se apagó hasta convertirse en un murmullo donde las palabras vieux jeux y rococó apenas se oían. Quizá comprendía que no estaba muy elocuente y temía que Rothenstein le descubriese alguna falacia. Tosió y dijo:

Parlons d'autre chose. (Hablemos de otra cosa)

¿Les parecerá a ustedes que Soames era un imbécil? No era mi opinión. Yo era joven y me faltaba el discernimiento que había alcanzado Rothenstein. Soames nos llevaba cinco o seis años. Además, había escrito un libro. Era maravilloso haber escrito un libro.

Si Rothenstein no hubiera estado ahí, yo hubiera reverenciado a Soames. Aun así, lo respetaba. Y me acerqué mucho a la reverencia cuando dijo que pronto publicaría otro. Pregunté si podía preguntar qué clase de libro sería.

—Mis poemas —contestó. Rothenstein preguntó si era ese el título de la obra.

El poeta estudió la sugestión, pero dijo que había pensado no darle título.

—Si un libro es bueno... —murmuró, agitando el cigarrillo.

Rothenstein hizo notar que la falta de título podía perjudicar la venta del libro. Insistió:

—Si yo fuera a una librería y preguntara: ¿Tiene usted...? ¿Tiene usted un ejemplar de...? ¿Cómo iban a saber lo que quiero?

—Por supuesto, llevará mi nombre en la tapa.—contestó Soames vivamente—. Y me gustaría —agregó, clavando la mirada en Rothenstein— un retrato mío en la portada. —Rothenstein admitió que era una idea espléndida y mencionó que se iba al campo y que no volvería por algún tiempo. Miró luego el reloj, se asombró de la hora, pagó al mozo y salió conmigo a comer. Soames permaneció en su puesto, fiel a la bruja glauca.

— ¿Por qué usted estaba tan decidido a no dibujarlo?

— ¿Dibujarlo? ¿A él? ¿Cómo se puede dibujar a un hombre que no existe?

—Es impreciso —admití. Pero mi mot juste cayó en el vacío. Rothenstein repitió que Soames no existía.

Pero Soames había escrito un libro. Le pregunté a Rothenstein si había leído Negaciones. Dijo que había mirado el libro, "pero", añadió vivamente, "no entiendo nada de literatura". Una salvedad típica de la época. Los pintores de entonces no permitían que ningún profano juzgara de pintura. Esa ley, grabada sobre las tablas que Whistler trajo de la cumbre del Fujiyama, imponía ciertas limitaciones. Si las otras artes eran comprensibles a los hombres que no las ejercían, la ley se derrumbaba. Por consiguiente, ningún pintor juzgaba un libro sin prevenir que su juicio carecía de autoridad. Nadie es mejor juez literario que Rothenstein: pero no hubiera convenido decírselo en aquellos días. Comprendí que no me ayudaría a tener una opinión sobre Negaciones. En aquel tiempo, no comprar un libro de un autor que yo conocía personalmente hubiera sido un imposible sacrificio. Cuando volví a Oxford, llevaba un ejemplar de Negaciones. Solía dejarlo sobre la mesa y cuando alguno de mis amigos me interrogaba, le decía:

—Es un libro bastante notable. Conozco al autor. —Nunca fui capaz de decir de qué se trataba. El prefacio no contenía la clave del exiguo laberinto; el laberinto, nada para explicar el prefacio. Inclínate sobre la vida. Inclínate muy cerca, más cerca. La vida es un tejido y por lo tanto ni trama ni urdimbre sino tejido. Por ello soy Católico en la iglesia y en la idea, pero dejo que la fugaz fantasía teja lo que a la lanzadera de la fantasía se le antoje. Tales eran los párrafos iniciales del prólogo, pero los siguientes eran de comprensión menos fácil. Luego venía un cuento, Stark, sobre una midinette (dependienta), que, según alcancé a comprender, había asesinado o estaba por asesinar a un maniquí. Era como un cuento de Catulle Mendès, del que hubieran traducido una frase sí y otra no. Después, un diálogo entre Pan y Santa Úrsula, que carecía, me parece, de vivacidad.

Después algunos aforismos (titulados Aphorismata). En el libro había gran variedad de formas; esas formas habían sido elaboradas con mucho cuidado. La sustancia se me escapaba un poco. ¿Había sustancia? Llegué a pensar:

Y si Enoch Soames fuera un tonto... Inmediatamente surgió una hipótesis rival: Si el "tonto fuera yo... Resolví conceder a Soames el beneficio de la duda. Había leído L'Après-midi d'un Faune (La Tarde de un Fauno) sin vislumbrar sentido alguno. Pero Mallarmé era un Maestro. ¿Cómo averiguar que Soames no lo era? En su prosa había cierta música, no muy llamativa, tal vez, pero obsesionante. Y quizá cargada de significaciones tan profundas como la de Mallarmé. Esperé sus poemas con espíritu abierto. Los esperé con verdadera impaciencia después de mi segundo encuentro con Soames. Ocurrió una tarde de enero, en el Café Royal. Pasé al lado de un hombre pálido, sentado ante una mesa, con un libro abierto en las manos. Alzó la mirada, lo miré con la vaga sensación de que debí reconocerlo. Volví para saludarlo. Después de unas palabras, le dije:

—Veo que lo interrumpo —y estaba por despedirme, cuando Soames respondió con su opaca voz.

—Prefiero que me interrumpan —Acatando su ademán, me senté.
Le pregunté si solía leer ahí.
—Sí; aquí leo cosas de esta clase —respondió indicando el título del libro—: Poemas de Shelley.

—Cosas que usted realmente —e iba a decir admira, pero dejé inconclusa la frase y me felicité de haberlo hecho así, porque Soames dijo con inusitado énfasis:

—Cosas de segundo orden.

Conocía muy poco a Shelley, pero murmuré:

—Por supuesto, es muy desigual.

—Yo opinaría que, precisamente, es la igualdad lo que lo mata. Una igualdad mortal. Por eso lo leo aquí. El ruido de este lugar rompe el ritmo. Es tolerable aquí. —Soames tomó el libro y hojeó las páginas. Echó a reír. La risa de Soames era un sonido gutural, solo y triste, no acompañado por ningún movimiento de la cara ni brillo de los ojos— ¡Qué época! —exclamó cerrando el libro—. ¡Qué país!

Algo nervioso, le pregunté si Keats no se mantenía a pesar de las limitaciones de la época y del país. Admitió que había pasajes en Keats, pero no los nombró. De los mayores, como él los llamaba, sólo parecía gustarle Milton.

—Milton —dijo— no era sentimental. Además, Milton tenía una oscura intuición. —Y luego—: Siempre puedo leer a Milton en la sala de lectura.

— ¿La sala de lectura?

—Del Museo Británico. Voy todos los días.

—¿Va usted? Sólo estuve una vez. Me pareció más bien un lugar deprimente. Le quita a uno la vitalidad.

—Así es. Por eso voy. Cuanto menor la vitalidad, más sensible es uno al gran arte. Vivo cerca del Museo. Mi departamento está en Dyott Street.

— ¿Y usted va a la sala de lectura a leer a Milton?

—Casi siempre, a Milton —me miró—. Fue Milton quien me convirtió al satanismo.

— ¿Satanismo? ¿Realmente? —dije yo con la vaga incomodidad y el intenso deseo de ser cortés que uno siente cuando un hombre habla de su religión—. ¿Usted... adora al Diablo? Soames sacudió la cabeza:

—No es exactamente adoración —rectificó sorbiendo un ajenjo—. Es más bien un asunto de confianza y estímulo.

—Ah sí... pero el prefacio de Negaciones me había inducido a creer que usted era católico.

—Je l´étais à cette époque. Tal vez lo soy, aún. Sí, soy un satanista católico.

Hizo esta profesión de fe de un modo casual. Noté que lo que más le importaba era que yo hubiera leído Negaciones. Sus ojos pálidos brillaron por primera vez. Tuve la sensación característica del que va a ser examinado en voz alta sobre el tema que menos conoce. En el acto le pregunté cuándo se publicarían sus poemas.

—La semana que viene —me contestó. — ¿Y se publicarán sin título?

—No. Di por fin con el título. Pero no se lo diré —me declaró como si yo hubiera tenido la impertinencia de preguntárselo—. Sospecho que no me satisface del todo. Pero es lo mejor que he podido encontrar. Sugiere, en cierto modo, la calidad de los poemas... Extraños crecimientos, naturales y salvajes, pero exquisitos y matizados y llenos de venenos.

Le pregunté qué pensaba de Baudelaire. Emitió el sonido que era su risa y dijo:

—Baudelaire es un bourgeois malgré lui. —Francia sólo había tenido un poeta: Villon; y las dos terceras partes de Villon eran periodismo puro. Verlaine era un épicier malgré lui. En conjunto pensaba que la literatura francesa era inferior a la inglesa, juicio que me sorprendió. Sin embargo, algunos pasajes de Villiers de L'Isle-Adam...

—Pero yo nada le debo a Francia. —Predijo—: Usted verá.

Cuando llegó el momento, no lo vi. Pensé que el autor de Fungoides debía algo, desde luego inconscientemente, a los jóvenes simbolistas de París o a los jóvenes simbolistas de Londres, que debían algo a los franceses. Sigo pensándolo. Tengo a la vista el breve libro que compré en Oxford. La pálida tapa gris y las letras de plata no han resistido al tiempo. Tampoco el texto, que he vuelto a recorrer con un interés melancólico. Cuando se publicó tuve la vaga sospecha de que era bueno. Es muy posible que mi fe se haya debilitado; no la obra de Soames.

A UNA JOVEN MUJER

¡Eres, tú que no has sido! / Pálidas melodías, inseguras, / rastros de antiguos sonidos / exhalados por una flauta podrida / se mezclan a los címbalos adornados de moho /y tampoco extrañas formas y epicenas / sangrando yacen en el polvo / heridas con heridas. / Por eso es / que en tu réplica / de mofas milenarias / ¡no has sido ni eres!

Me pareció descubrir cierta contradicción entre el primer verso y el último. Traté, no sin esfuerzo, de resolver la discordia. No deduje que mi fracaso demostrara que esos versos nada querían decir. ¿No demostraría, más bien, la profundidad de su sentido? En cuanto a la técnica, "adornados de moho" me pareció un acierto; en "y tampoco" había una curiosa felicidad. Me preguntaba quién sería la joven y qué habría sacado en limpio de todo aquello. Sospecho, tristemente, que Soames no hubiera podido ayudarla mucho. Pero, aún ahora, si no trato de entender el poema y lo leo sólo por el ritmo, le encuentro cierta gracia. Soames era un artista, si es que el pobre era algo.

Cuando por primera vez leí Fungoides me pareció que el lado satánico de Soames era el mejor. El satanismo parecía ejercer una alegre y hasta saludable influencia en su vida.

NOCTURNE

Alrededor y alrededor de la plaza desierta /paseamos del brazo con el Diablo. / Ningún sonido, salvo el golpear de sus cascos / y el eco de su risa y la mía. / Habíamos bebido el negro vino. / Grité: "¡Corramos una carrera, Maestro!" / "¿Qué importa", gritó, "cuál de nosotros / corra más esta noche? / Nada hay que temer esta noche / a la impura luz de la luna". / Entonces lo miré en los ojos, / y me reí de su mentira / y del temor constante que trataba de disimular. / Era cierto lo que habían dicho y repetido: / Estaba viejo — viejo.

Sentí que en la primera estrofa había ímpetu, un acento de gozosa camaradería. Quizá la segunda era algo histérica. Me gustaba la tercera, era tan animosa su heterodoxia, aun ateniéndonos a los principios de la secta peculiar de Soames. ¡No mucha “confianza y estímulo"! Soames, mostrando al diablo como a un mentiroso y riéndose de él, resultaba una figura estimulante. Así me pareció, entonces. Ahora, a la luz de lo que sucedió, ninguno de sus poemas me deprime tanto como Nocturno.

Busqué las críticas de los diarios. Parecían dividirse en dos clases. Las que decían muy poco, las que no decían nada. La segunda era la más numerosa y las palabras de la primera eran frías hasta el punto de que:

“Logra dar una nota de modernidad... Esos ágiles versos. Preston Telegraph." era el único cebo ofrecido al público por el editor de Soames. Yo había esperado poder felicitar al poeta por el éxito del libro, sospechaba que Soames no estaba muy seguro de su grandeza intrínseca. Cuando lo vi, sólo fui capaz de decirle con cierta torpeza, que esperaba que Fungoides se vendiera muy bien. Me miró sobre su vaso de ajenjo y me preguntó si había comprado un ejemplar. Su editor le dijo que había vendido tres. Me reí, como de una broma.

— ¿Usted no se imagina que me importa, verdad? —dijo con una mueca. Rechacé la suposición.

Agregó que él no era un comerciante. Contesté con suavidad que yo tampoco, y murmuré que los artistas que dan al mundo cosas verdaderamente nuevas y grandes están condenados a una larga espera, antes de que les reconozcan su mérito. Dijo que el reconocimiento no le importaba. Compartí su opinión de que el acto mismo de crear es la recompensa del poeta.

Si yo me hubiera considerado una nulidad, me hubiera alejado su malhumor. Pero, ¿no habían sugerido John Lane y Aubrey Beardsley que yo escribiera un artículo para la gran revista que proyectaban, The Yellow Book? ¿No había Henry Harland, el director, aceptado mi artículo? En Oxford me encontraba aún in statu pupillari. En Londres ya me había recibido, y ningún Soames podía asustarme. Con una mezcla de jactancia y de buena voluntad, le dije a Soames que debía colaborar en el Yellow Book. Emitió, desde la garganta, un ruido despectivo.

Sin embargo, uno o dos días después, le pregunté a Harland si conocía algo de la obra de un tal Enoch Soames. Harland, que recorría el cuarto a largos pasos, se detuvo en seco, levantó las manos hacia el techo y protestó. Se había encontrado muchas veces con ese “personaje absurdo" y esa mañana había recibido, manuscritos, varios poemas suyos.

— ¿No tiene talento? —pregunté.

—Tiene una renta. Está en buena situación.

Harland era el más alegre, el más generoso de los críticos, y detestaba hablar de algo que no le entusiasmara. No se habló más de Soames. La noticia de que Soames tenía una renta moderó mi ansiedad. Supe después que era hijo de un librero arruinado, de Preston, y que había heredado, de una tía, una renta anual de trescientas libras esterlinas. No tenía parientes. Materialmente, pues, estaba en buena situación. Pero seguía en una pathos espiritual, más evidente ahora para mí, al sospechar que las alabanzas del Preston Telegraph se debían a que Soames era hijo de un vecino de Preston. Tenía mi amigo una especie de débil tenacidad que yo no podía sino admirar. Ni él ni su obra recibieron el más ligero estímulo, pero persistió en conducirse como un personaje. Donde se congregaban los jeunes féroces de las artes —en cualquier restaurante de Soho que descubrieran— ahí estaba Soames, en el medio, o más bien al borde, una vaga pero inevitable figura. Jamás trató de congraciarse con sus colegas, jamás renunció a su actitud arrogante cuando se trataba de su propia obra, ni a su desprecio por la ajena. Con los pintores era respetuoso, hasta la humildad; pero de los poetas y prosistas del Yellow Book y luego del Savoy nunca habló sino con desprecio. Nadie se resentía. Nadie reparaba en él, ni en su satanismo católico. Cuando en el otoño del 96 publicó, por su cuenta, el tercer libro, el último libro, nadie dijo una palabra a favor o en contra. Tuve la intención de comprarlo, pero me olvidé. Jamás lo vi y me avergüenza decir que ni siquiera recuerdo el título. Pero cuando se publicó le dije a Rothenstein que el pobre Soames era una figura trágica y que se iba a morir, literalmente, por falta de éxito. Rothenstein se burló. Dijo que yo fingía compasión; tal vez era cierto. Pero en el vernissage de la exposición del New English Art Club, pocas semanas después, vi un retrato, al pastel, de "Enoch Soames, esq.".

Estaba idéntico, y era muy de Rothenstein haberlo hecho. Toda la tarde estuvo Soames al lado del cuadro, con la capa impermeable y con el chambergo. Cualquiera que lo conocía identificaba inmediatamente el retrato, pero el retrato no permitía identificar el modelo. "Existía" mucho más que él. Carecía de esa expresión de vaga felicidad que esa tarde podía notarse en el rostro de Soames. Volví dos veces más al salón y las dos veces Soames estaba exhibiéndose. Ahora me parece que la clausura de esa exposición fue la clausura virtual de su carrera. La fama, la proximidad de la fama, le había llegado tarde y por muy poco tiempo; extinguido ese halago, capituló. Él, que nunca se había sentido fuerte, parecía ahora afantasmado, una sombra de la sombra que era antes. Seguía frecuentando el Café Royal, pero, como ya no quería asombrar, ya no leía ahí.

— ¿Usted ahora sólo lee en el museo? —le pregunté con deliberada jovialidad. Me respondió que ya no iba nunca. "No hay ajenjo ahí" —murmuró—. Era el tipo de frase que antes hubiera dicho para impresionar; ahora parecía verdad. El ajenjo, antes un mero detalle de la personalidad que se había esforzado tanto en construir, era un consuelo y una necesidad, ahora. Ya no lo llamaba la sorcière glauque. Se había despojado de todas las frases francesas.

Era un hombre de Preston, llano y sin barniz. El fracaso, cuando es un fracaso total, llano y sin barniz, siempre tiene alguna dignidad. Yo lo evitaba a Soames, porque a su lado me sentía un poco vulgar. John Lane me había publicado dos libros y éstos habían obtenido un agradable succès d'estime. Yo mismo tenía una leve, pero indiscutible personalidad. Frank Harris me hacía colaborar en la Saturday Review; Alfred Hammersworth, en el Daily Mail. Yo era precisamente lo que Soames no era. Su presencia empañaba un poco mi brillo. Si yo hubiera sabido que él creía firmemente en la grandeza de su obra, no lo hubiera evitado. El hombre que no ha perdido su vanidad, no ha fracasado totalmente. La dignidad de Soames era una ilusión mía. Un día, en la primera semana de junio de 1897, esa ilusión se desvaneció. Pero en la tarde de ese día, Soames se desvaneció también. Yo había estado fuera de casa toda la mañana, y como se me había hecho tarde para volver a almorzar, fui al Vingtième. Este modesto Restaurant du Vingtième Siècle, había sido descubierto en el 96 por los poetas y los prosistas; pero estaba más o menos abandonado a beneficio de alguna trouvaille posterior. Creo que no duró lo bastante para justificar su nombre; pero ahí estaba, en Greek Street, a pocos pasos de Soho Square y casi enfrente de la casa donde; en los primeros años del siglo, una muchachita y con ella un muchacho llamado De Quincey, acampaban de noche, en la oscuridad y en el hambre, entre el polvo, y las ratas, y viejos pergaminos legales. El Vingtième era un cuartito blanqueado, que daba por un lado a la calle y por el otro a una cocina. El propietario y cocinero era un francés, a quien le decían Monsieur Vingtième; los mozos eran sus dos hijas, Rose y Berthe; la comida, según fama, era buena. Las mesas eran tan angostas y estaban tan apretadas, que cabían doce, seis de cada lado.

Cuando entré, sólo las dos más próximas a la puerta estaban ocupadas. En una estaba sentado un hombre alto, vulgar, algo mefistofélico, que yo había encontrado en el Café Royal y en alguna otra parte. En la otra estaba Soames. Contrastaban extrañamente en esa pieza llena de sol: Soames, pálido, con la capa y con el inevitable chambergo, y ese otro, ese hombre de ofensiva vitalidad, cuyo aspecto siempre me hacía conjeturar que era un prestidigitador, o que traficaba en diamantes, o que dirigía una agencia de detectives. Estaba seguro de que Soames no deseaba mi compañía; pero pregunté, pues hubiera sido una grosería no hacerlo, si podía acompañarlo, y ocupé una silla frente a él. En silencio fumaba un cigarrillo ante una media botella de Sauternes y un salmi que no había probado. Dije que los preparativos del Jubileo hacían de Londres un lugar imposible. (Más bien me gustaban, realmente.) Manifesté un deseo de alejarme de la ciudad hasta que pasaran las fiestas. En vano me puse a tono con su tristeza. Sentí que su conducta me ponía en ridículo ante el desconocido. El pasillo entre las dos filas de mesas tenía apenas dos pies de ancho (Rose y Berthe, cuando se encontraban, apenas podían pasar y peleaban en voz baja) y de una mesa a la otra se oía plenamente la conversación. Pensé que el desconocido se divertía con mi fracaso en interesar a Soames, y como no podía explicarle que mi insistencia era sólo caritativa, me quedé silencioso. Sin volver la cabeza, lo veía perfectamente. Tenía la esperanza de parecer menos vulgar que él, comparado con Soames. Estaba seguro de que no era inglés, pero, ¿cuál era su nacionalidad? Aunque su pelo negro retinto estaba cortado en brosse, no me pareció francés. Hablaba en francés corrido con Berthe, que lo servía, pero no como si fuera su idioma. Deduje que era su primera visita al Vingtième; Berthe lo trataba con indiferencia; no había impresionado bien. El desconocido tenía ojos hermosos, pero —como las mesas del Vingtième— demasiado angostos y juntos. La nariz era aguileña y las rígidas guías del bigote le helaban la sonrisa.

Decididamente, era siniestro. El chaleco punzó (tan fuera de estación), que envainaba el pecho vastísimo, agravaba mi sensación de incomodidad. Ese chaleco era malvado. Hubiera desentonado en el estreno de Hernani... Soames, brusca y extrañamente, rompió el silencio:

— ¡De aquí cien años! —murmuró como en un trance.

—No estaremos aquí —observé con más vivacidad que ingenio.

—No estaremos aquí. No —zumbó—, pero el museo estará precisamente donde ahora está. Y el salón de lectura, precisamente donde ahora está. Y habrá gente que podrá ir y leer. —Tragó el humo del cigarrillo y un espasmo, como de dolor, le contrajo la cara.

Me pregunté qué ilación de ideas seguía el pobre Soames. No lo supe cuando agregó, al cabo de una larga pausa:

—Usted cree que no me ha importado.

— ¿Qué no le ha importado, Soames?

—La indiferencia, el fracaso.

— ¿El fracaso? —dije cordialmente—. ¿El fracaso? —repetí vagamente—. La indiferencia, sí, tal vez; pero es otro asunto. Desde luego, usted no ha sido apreciado. ¿Pero qué importa? Los artistas que, que dan... —Lo que yo quería decir era: "Los artistas que dan al mundo cosas verdaderamente nuevas y grandes están condenados a una larga espera antes de que les reconozcan su mérito." Pero la frase no salía de mis labios; su congoja tan genuina y desnuda, me enmudeció.

Y entonces, él la dijo por mí. Me sonrojé.

— ¿Eso es lo que usted iba a decir? —preguntó.

— ¿Cómo lo supo?

—Es lo que usted me dijo hace tres años, cuando Fungoides apareció. —Me sonrojé aun más. No debía hacerlo, pues continuó—: Es lo único importante que le he oído decir en la vida y nunca lo he olvidado. Es la verdad. Es una espantosa verdad. Pero, ¿usted recuerda lo que yo contesté? "El reconocimiento no me importa." Y usted me creyó. Usted ha seguido creyendo que estoy más allá de esas cosas. Usted es superficial. ¿Qué puede usted saber de los sentimientos de un hombre como yo? Usted se figura que la fe que un gran artista tiene en sí mismo y en el fallo de la posteridad basta para hacerlo feliz... Usted jamás ha adivinado la amargura y la soledad, la... —Su voz se quebró; luego prosiguió con un vigor que jamás le había conocido. — La posteridad. ¡Qué me importa! Un hombre muerto ignora que las personas están visitando su tumba, visitando el lugar de su nacimiento, inaugurando estatuas suyas. Un muerto no puede leer los libros que se escriben sobre él. ¡De aquí cien años! ¡Imagínelo! ¡Si entonces pudiera volver a la vida por unas pocas horas e ir a la sala de lectura, y leer! O mejor aún: Si pudiera proyectarme, en este momento, a ese porvenir, a esa sala de lectura, esta misma tarde. Por eso me vendería al diablo, cuerpo y alma. Piense en las páginas y páginas del catálogo: SOAMES, ENOCH, infinitamente, infinitas ediciones, comentarios, prolegómenos, biografías... —pero aquí lo interrumpió el crujido de una silla. Nuestro vecino se había levantado de su asiento. Se inclinó hacia nosotros, intrusivo y apologético.

—Permítame —dijo suavemente—. Me ha sido imposible no oír. ¿Puedo tomarme la libertad? En este restaurante sans façon —extendió las manos— ¿puedo, como quien dice, meter cuchara?

Tuve que asentir. Berthe apareció en la puerta de la cocina, creyendo que el forastero pedía la cuenta. Con el cigarro le hizo señas de que se alejara y un momento después estaba a mi lado, con los ojos puestos en Soames.

—Aunque no soy inglés —explicó— conozco bien a Londres. Su nombre y fama (los de Mr. Beerbohm también) me son muy conocidos. Ustedes se preguntarán ¿quién soy yo? —Miró rápidamente hacia atrás y dijo en voz baja—: Soy el Diablo.

No pude contenerme; solté la risa. Traté de ahogarla; comprendí que era injustificada. Mi grosería me avergonzó; pero reí aun más. La dignidad serena del diablo, el asombro y la contrariedad que manifestaron sus arqueadas cejas, aumentaron mi hilaridad. Me porté deplorablemente.

—Soy un caballero, y —agregó con énfasis— creí estar entre caballeros.

—No siga —dije jadeante—, no siga.

—Raro, nicht wahr? —oí que le decía a Soames—. Hay una clase de personas a quienes la simple mención de mi nombre les parece ridícula. En los teatros, basta que el comediante más estúpido diga "¡el Diablo!" para que se oiga "la carcajada sonora que delata la mente-vacía". ¿No es así?

Apenas acerté a pedirle disculpas. Las aceptó, pero con frialdad y volvió a dirigirse a Soames.

—Soy un hombre de negocios —dijo— y me gusta andar sin rodeos. Usted es un poeta. Les affaires usted los detesta. Muy bien. Pero nos entenderemos. Lo que usted dijo hace un momento me llena de esperanzas.

Soames no se había movido, salvo para encender otro cigarrillo. Seguía con los codos sobre la mesa, mirando fijamente al Diablo.

—Continúe —dijo. Ahora, no me quedaban ganas de reírme.

—Nuestro pequeño trato será tanto más agradable —prosiguió el Diablo— porque usted es, si no me equivoco, un satanista.

—Un satanista católico —dijo Soames.

El Diablo aceptó la enmienda, cordialmente.

—Usted desea —prosiguió— visitar ahora, esta misma tarde, la sala de lectura del Museo Británico, pero de aquí cien años ¿no es así? Parfaitement. El tiempo: una ilusión. El pasado y el porvenir son tan omnipresentes, como el presente, o están, como quien dice, a la vuelta. Puedo conectarlo con cualquier fecha. Lo proyecto, ¡paf! ¿Usted quiere encontrarse en la sala de lectura, tal como estará en el atardecer del 3 de junio de 1997? ¿Usted quiere encontrarse en esa sala, junto a las puertas giratorias, en este mismo momento, verdad, y quedarse ahí hasta que cierren? ¿No me equivoco?

Soames asintió.

El Diablo miró la hora.

—Las dos y diez —dijo—. De aquí un siglo, el horario de verano es el mismo: cierran a las siete. Eso le dará casi cinco horas. A las siete, ¡paf!, usted se encuentra aquí, en esta mesa. Ceno esta noche dans le monde, dans le higlif. Eso corona esta visita a su gran ciudad. Vendré a recogerlo aquí, Mr. Soames, y me lo llevo a casa.

— ¿A casa? —repetí.

—Humilde, pero es mi casa —dijo el Diablo sonriendo.

—Convenido —dijo Soames.

— ¡Soames! —supliqué. Pero mi amigo no movió un músculo. El Diablo hizo el ademán de extender la mano y de tocar el antebrazo de Soames, pero se detuvo.

—De aquí cien años, como ahora —sonrió—, no se permite fumar en la sala de lectura. Por consiguiente, lo invito a...

Soames retiró el cigarrillo de la boca y lo dejó caer en el vaso de Sauternes.

— ¡Soames! —grité de nuevo—. No debe usted —pero el Diablo había extendido la mano. Con lentitud, la dejó caer en el mantel. La silla de Soames estaba vacía. El cigarrillo flotaba en el vaso de vino. No quedaba otro rastro de Soames.

Durante unos segundos el Diablo no movió la mano me observaba de reojo, vulgarmente triunfal.

Me sacudió un temblor. Haciendo un esfuerzo me dominé, y me levanté de la silla.

—Muy ingenioso —dije con insegura condescendencia— Pero, La Máquina del Tiempo es un libro delicioso, ¿no le parece? Tan original.

—A usted le gustan las burlas —dijo el Diablo, que se había levantado también—, pero una cosa es escribir sobre una máquina imposible, otra, muy distinta, ser una Potencia Sobrenatural. Con todo, yo lo había embromado.

Berthe acudió cuando nos íbamos. Le dije que Mr. Soames había tenido que irse, y que él y yo volveríamos a cenar. Afuera, me sentí mal. Sólo me queda un vago recuerdo de lo que hice, de los lugares que recorrí en el brillante sol de esa tarde infinita. Recuerdo los martillazos de los carpinteros en Piccadilly y el desnudo aspecto caótico de las tribunas a medio levantar. ¿Fue en el Green Park o Kensington Gardens, o dónde fue que me senté en una silla, bajo un árbol, y traté de leer? Hubo una frase en el artículo editorial que se apoderó de mí: "Muy pocas cosas permanecen ocultas a esta augusta Señora, llena de la sabiduría atesorada en sesenta años de reinado". En mi desesperación, recuerdo haber proyectado una carta (que llevaría a Windsor un mensajero con orden de esperar la respuesta).

"Señora. Como me consta que Su Majestad está llena de la sabiduría atesorada en sesenta años de reinado, me atrevo a pedirle consejo para un asunto confidencial. Mr. Enoch Soames, cuyos poemas usted puede o no conocer...".

¿No había manera de ayudarlo, de salvarlo? Un compromiso es un compromiso y jamás incitaré a nadie a eludir una obligación. No hubiera levantado un dedo para salvar a Fausto. Pero el pobre Soames, condenado a pagar con una eternidad de tormento una busca infructuosa y una amarga desilusión.

Me parecía raro y monstruoso que Soames, de carne y hueso, con su capa impermeable, estuviera en ese momento en la última década del otro siglo, hojeando libros aún no escritos y mirado por hombres aún no nacidos. Todavía más raro y más monstruoso, pensar que esta noche y para siempre estaría en el infierno. Bien dicen que la verdad es más extraña que la ficción.

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> Cristian magariños dijo: 09 de Septiembre de 2013 a las 20:43 hrs.
Hola buenas tardes. me podrias decir
cual fue el error al viajar al futuro?
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