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Cine chileno 2012 El año de la euforia

"Stefan vs Kramer" batió todos los récords históricos de taquilla; "No" obtuvo un premio en Cannes y fue nominada al Oscar; muchas películas tuvieron destacados pasos por un montón de festivales internacionales, y ya se comenta –no sólo en Chile-, que "el cine chileno está de moda". Tres hitos que marcaron el año, para bien y para mal.

Por Jorge Morales

Un amigo que trabaja en una casa de subastas en Londres, como experto en pintura francesa del siglo XVIII (así de ceñidas son las especialidades en ese oficio), me contaba que las determinaciones para autentificar un cuadro desconocido son varias, pero hay una tanto o muchísimo más decisiva que las demás: que los familiares del artista en cuestión digan que esa obra pertenece a su ser querido. Así, por ejemplo, me aseguraba que si Maya Picasso, la hija del gran pintor malagueño, dice que un dibujo garabateado en una servilleta –como cuenta la vieja leyenda popular- pertenece a su padre, es casi un hecho que ese miserable trozo de papel se convertirá, desde ese momento, en una valiosa obra de arte, sea tal autoría verdad o no.

Los críticos de cine no tenemos tanto poder, pero nos encanta intentar convertir servilletas en obras de arte y viceversa. En ese sentido, las listas que hacemos anualmente son una excelente forma de separar la paja del trigo porque, a la hora del balance, podemos reevaluar, comparar, diferenciar y reordenar nuestras apreciaciones. Así en un artilugio puramente retórico hacemos grandes a películas chiquitas y menospreciamos y humillamos a ciertas funestas superproducciones millonarias. Es un acto de justicia pírrica, pero justicia al fin.

Por eso, no debería extrañar que Stefan vs Kramer –la cinta chilena más vista del año, el largometraje nacional o extranjero más taquillero del 2012, el filme más visto en la historia del cine chileno, la película con más espectadores de toda de la historia del cine en Chile, es decir, la película con los mejores récords históricos en todas las categorías de recaudación que se nos ocurran- no fuera mencionada por ninguno de los 24 críticos que votamos en nuestra clásica encuesta de lo mejor del año. Pero no es novedad. Ya se sabe que el gusto del público y la posición de los críticos van, en muchas ocasiones, en direcciones diametralmente opuestas. Aunque hay que decirlo: la comedia del humorista tuvo en su momento diversas calificaciones, pero ninguna completamente lapidaria. ¿Por qué? Porque, en su pequeño y limitado "género", el largo de Kramer no es un bodrio insufrible. Incluso más: tiene harta más audacia política que cualquiera otra cinta chilena al enfrentar sin miedos ni censuras a la clase dirigente y al gobierno, lo que no es poco para un mundo artístico como el chileno, bastante timorato y condescendiente con el poder.

Stefan vs Kramer, de Sebastián Freund y Stefan Kramer

Pero aún así, como cine, como obra artística, Stefan vs Kramer no tiene ningún valor. Una película desechable que será recordada y vista a través del tiempo como una rareza tan insondable como Ayúdeme Ud. Compadre (1968), el musical patriotero de Germán Becker que encabezó inexplicablemente nuestra taquilla durante largos años. Qué duda cabe que Kramer es un gran cómico y tiene un talento asombroso para clonar los gestos y espíritu de nuestro pequeño y provinciano jet set. Sin embargo, más allá de las platas y el Guiness, la película no aporta absolutamente nada a nuestra historia. Lo más cerca que tiene de referentes son esos ejercicios cinematográficos trasandinos del gordo Porcel que eran una mera extensión de las rutinas que hacía en sus show de variedades o en los sketches de televisión. Claro, la cinta de Sebastián Freund y Stefan Kramer es mucho más sofisticada y muchísima más cara que esas modestas cintas picarescas, pero tiene la misma fragilidad y desinterés en sus alcances estéticos. Lo que tiene una explicación muy obvia y a lo Porcel. La película está hecha al servicio de Kramer, para que se luzca, para que haga lo que le dio fama y fortuna: imitar a medio mundo. La cinta es lo que en la jerga de las parejas cómicas llaman "el bandejero"; el sujeto que ayuda al más carismático del dúo a destacarse con sus chistes. Por eso la película en sí es irrelevante, lo importante es que Kramer destaque en lo suyo y punto; un espectáculo puramente unipersonal. Y como show puede ser divertido y entretener un momento, y está bien que la gente lo vea. Pero que sea la película más vista de la historia, es trágico y nadie (excepto los forrados autores de este producto) debería sacar ninguna cuenta alegre de este fenómeno comercial. Más que su éxito, es la magnitud de ese éxito, lo alegórico de su arrastre, lo que representa una bofetada para el cine chileno. Stefan vs Kramer no es otra cosa que un premio al negocio de la televisión y la publicidad.

La moda al día

En una entrevista para la revista Capital, Michael Reid, editor de The Economist para las "Américas", decía que Chile tenía una obsesión de figurar en el mundo. La periodista, casi involuntariamente dándole razón, le pregunta qué piensa de qué Chile en su misma revista saliera como el mejor lugar para nacer en Latinoamérica: "Supongo que en general en esos listados aparecen como los mejores lugares aquellos que son tranquilos, seguros y que funcionan bien, pero no necesariamente son los que la gente escoge para vivir. Por decirlo de algún modo, la gente igual prefiere vivir en Londres que en Helsinki, aunque Helsinki sale mejor posicionada en aquellas listas".

Pensaba en esta entrevista a propósito de los reiterados artículos que nuestro periodismo destaca sobre el lugar que el cine chileno ha ido consolidando en el mundo del cine. Porque es cierto: así como el cine argentino o el cine rumano en su minuto, los ojos del mundo del cine están ahora sobre el cine chileno. Pero, ojo, el mundo 'del cine', no el mundo entero. O sea, el mundo de los festivales, de los especialistas, programadores, cineastas, críticos y prensa especializada que, como todos los mundos, tiene ciertos patrones, límites, normas y… modas.

Gloria, de Sebastián Lelio

Los hechos están a la vista. Festivales de mayor y menor jerarquía, glamorosos como Cannes o alternativos como Rotterdam, invitan cada vez con mayor frecuencia a las películas chilenas. El dato no es nuevo y justamente eso es lo que marca la diferencia: ya no son hechos aislados. Además los premios empiezan a llegar y algunas cintas chilenas están compitiendo en categorías cada vez más importantes. Sin ir más lejos, en sólo unos días, Gloria, de Sebastián Lelio, participará en la competencia oficial de la Berlinale con varios colegas "conocidos", entre otros, Gus Van Sant, Richard Linklater, Bille August, Bruno Dumont, Steven Soderbergh, Hong Sangsoo y Jafar Panahi (que sigue filmando desde la cárcel, quién sabe cómo).

La coronación de este fenómeno sin duda fue el premio de No en la Quincena de realizadores de Cannes y su inédita postulación al Oscar. Lo peligroso, como siempre, es esa mala costumbre nacional de creer que esta tendencia al fin y al cabo representa algo más que eso, una tendencia. Para decirlo más claramente, los festivales y premios dan cuenta de un reconocimiento. Al cine chileno se le respeta, se le ve con interés y es indudable que es muchísimo más interesante y variado que hace, digamos, 15 años. Pero es indudable también que su posicionamiento son como las listas que aparecen en The Economist: sus premios no representan más que una distinción circunstancial y subjetiva. En el dato duro, el cine chileno sigue siendo un enano en un mundo de gigantes. En los cines de Chile, desgraciadamente las películas chilenas siguen siendo el patito feo para el público, y en las pantallas del mundo, su presencia es simbólica. Pero no es culpa del cine chileno, es la situación de cualquier cinematografía pequeña ante el invencible monstruo hollywoodense que sigue dominando las salas del planeta. Chile tiene un lugar expectante entre los cinéfilos, lo que es muy bueno, pero es un cine chico que no hará escuela ni formará corrientes. Incluso, siendo generosos, el cine chileno ha crecido mucho más allá de su tamaño como "industria". En todo caso, cuando la "moda" acabe, no significará que nuestras películas son todas malas, como tampoco significa ahora que sean todas buenas. Porque cada premio, cada figuración en un festival, no inmuniza al cine chileno de la crítica ni a cada película particular de juicios negativos. Pero curiosamente por muy tolerante y profesional que se precie la gente del medio, cada opinión disonante es condenada. Por eso tanto entusiasmo gremial –una sospechosa solidaridad colectiva donde hasta las bochornosas comedias de Nicolás López son respetadas o una película que representa el anti cine como Stefan vs Kramer es señalada como un botón del éxito- va teñido de una inhibición crítica muy insana: nadie queda mal con nadie. En Chile, si no palmoteas la espalda, estás en contra, como si la reprobación fuese un gesto de venganza, resentimiento y chaqueteo. Nadie quiere entender que no porque no bailes al ritmo de la canción de la victoria, significa que seas sordo, no te guste la música o seas enemigo de la banda. Simplemente se trata que ciertas melodías no te mueven los pies.

No me digas No

Aunque todo parece indicar que Amour será la triunfadora de los Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera, y Pablo Larraín –poniéndose el parche antes de la herida- lo dijo antes que nadie, la nominación de No es lejos el hito cinematográfico del año 2012, que si bien se concretó el 2013, se fraguó el año anterior con su participación en Cannes.

La película, como era de esperar, ha generado polémica como las cintas anteriores de Larraín, lo que no debería extrañarle a él ni a nadie. O sea, pretender que en Chile no se generen todo tipo de comentarios prejuiciados sobre una película que en el fondo no es nada festiva, ni épica ni laudatoria del plebiscito de 1988, dirigida por el hijo del senador y ex presidente del partido más proclive a la dictadura, es no conocer ni al país ni a las bases traumáticas que lo han construido en los últimos 25 años. En ese sentido, Larraín más que pecar de ingenuo, peca de soberbio, al pretender salir indemne del juicio público y privado con una cinta tan cargada de símbolos e historia, que, dicho sea de paso, contó con la aprobación casi unánime de la crítica y sólo fue rechazada por alguna intelectualidad de la izquierda concertacionista. Posiblemente, su nominación al Óscar borró un debate que nunca fue tan álgido ni vehemente ni demasiado serio para considerarlo como tal. Sin embargo, Larraín parece un poco dominado por sus fantasmas, viendo segundas intenciones en cualquier comentario -sea negativo o no- que genera su película. Hasta en una pésima entrevista como la del programa Tolerancia Cero, donde el ambiente indulgente y acrítico lindaba en lo cornetero, se le veía intimidado eludiendo absurdamente la pregunta clásica y de rigor sobre sus padres (para la que debería tener un speech armado), y diciendo que no filmaría más sobre este período de nuestra historia, porque se "aburrió", una respuesta que no está a la altura de un director con mínimas convicciones artísticas.

No, de Pablo Larraín

Larraín, que como director se ha movido como un camaleón haciendo una cinta tras otra con estéticas muy diferentes (que puede verse tanto como una prueba de versatilidad, experimentación y curiosidad como también una señal de oportunismo, inseguridad, y travestismo), pareciera encontrar en No la respuesta a esas búsquedas de estilo. Dejando atrás "el peso de la dramaturgia psicoanalítica de Alfredo Castro", como bien señalara el crítico Héctor Soto, y aproximándose a una estructura narrativa más convencional y una puesta en escena menos experimental –al margen de utilizar cámaras de video de la época que es un chiche que funciona bien, pero no es necesariamente indispensable- encuentra un tono más sólido y más acorde a sus planteamientos iniciales con Fuga (2006), su fallido y olvidable debut, que aunque cinematográficamente está muy lejos en calidad con respecto de No, tiene en común la ambición de convertirse en un producto más asequible para el público, y seguramente más acorde a su sensibilidad.

Curiosamente, No es la película más honesta de Larraín porque hace trampa. En vez de recrear al elegíaco triunfo contra la dictadura "con un lápiz y un papel", vemos el Chile de hoy, lleno de cinismo y cálculo, que apuesta por ocupar los instrumentos más banales de la publicidad para convencernos de una verdad a medias: que la alegría ya viene. La democracia vendida como si fuera una bebida de fantasía, como símbolo de un proceso, es una tesis de mucho coraje, inteligente, pero muy insensible y, por cierto, nada ajustada a la verdad. El cine puede hablar del pasado haciéndose de eco del futuro, pero eso no significa que sea cierto. Por eso es paradójico, que gente como Patricio Aylwin se haya arriesgado a hacer un cameo en una escena, donde –sin compasión- Larraín ocupa una de las arengas más republicanamente torpes de las que dijo el ex presidente en la campaña. Todo está sobredramatizado desde la hipocresía de los políticos hasta el discurso combativo del PC, que si bien a su modo en ese entonces eran una caricatura de sí mismos, Larraín no tiene la sutileza para que esa diferencia se aprecie.

En ese sentido, René Saavedra (Gael García Bernal) puede ser perfectamente el alter ego de Larraín. Un publicista (como él) que viene de otro lado, que no tiene profundas creencias ideológicas, que no entiende bien de qué va la lucha contra la dictadura. Un tipo simple, sin muchos matices; un descreído. Lo curioso es que la campaña fue hecha en gran parte por personajes completamente distintos, con una larga historia política, que sí bien vivieron una transformación ideológica, que se hicieron más pragmáticos, habían vivido una derrota, la pérdida de un sueño, y de algún modo, lo recuperaron con la campaña, pero con la suficiente asertividad para incorporar lo aprendido en los años de dictadura. Tipos mucho más parecidos a José Tomás Urrutia (Luis Gnecco) que a Saavedra. Por eso al final, el taciturno Saavedra se va de la celebración, sin haber gritado ni celebrado el triunfo. Como el mismo Larraín, el "convidado de piedra" que organiza una fiesta (bien negra, bien aguafiestas) a la que todos sospechan no debería tener derecho a entrar.

Por todo esto, No quizás sea más "interesante" que "buena" porque abre lecturas, no se encierra, se dispersa, obliga a darla vuelta y deshuesarla. Está hecha sin afectos comprometidos por un material original hecho, por el contrario, con demasiado cariño. Y en ese cruce hay hallazgos y pérdidas. Tiene el humor y la agudeza de la distancia, pero no tiene la emoción de la intimidad. Como decía un amigo, "para ese pequeño resentido que todos llevamos dentro" tiene la mirada ambigua de un momio reconvertido. Para el cine, esa ambigüedad vale oro porque no agota la película en una sola mirada.

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