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"Manuel de Ribera" en Rotterdam 2010 El síndrome del terrario
La película chilena Manuel de Ribera –una de las cuatro representantes nacionales que participaron durante febrero en el Festival de Rotterdam-, ilustra una trampa amplificada por una cierta tendencia minimalista que, al apostar por la improvisación y el naturalismo, transforma a las personas en objetos exóticos, en bichitos de invernadero que el espectador es invitado a mirar con curiosidad y condescendencia.
Por Pamela Biénzobas
"Quiero que me guste", comentó un realizador chileno presente en Rotterdam, esperando con evidentes ganas de descubrir Manuel de Ribera, la película de Christopher Murray y Pablo Carrera. "Yo también quería que me gustara", respondí para mí misma, pues unas horas antes había podido ver la ópera prima, programada en la sección Bright Future del Festival de Rotterdam. Pero no pude evitar la desagradable sensación de encontrarme frente a una cinta sólo con buenas intenciones traicionadas por una falta de mirada crítica y de mínima distancia frente al propio proyecto.
La indicación, en los créditos finales, sobre la premura y simultaneidad de la concepción y realización de la película (mientras uno filmaba una escena, el otro escribía simultáneamente la siguiente) resultaba ambigua. Por un lado, podía parecer una declaración de principios algo ingenua sobre la improvisación; por otro, para el espectador no seducido, casi sonaba a justificación.
Mis reparos frente al film son de naturaleza diversa, pero finalmente provienen de una misma fuente que podría rastrearse a una cierta arrogancia. El término puede sonar fuerte, pero justamente prefiero ver la arrogancia de la urgencia irreflexiva que la carencia de talento (que lo hay) o de respeto por el otro, que es lo más difícil de asir pero a la vez lo más problemático de la película.
No conozco a los directores; no tengo idea de qué piensan, de dónde vienen o cómo son. No voy, por lo tanto, a dejarme llevar por especulaciones sociológicas o conclusiones extra-cinematográficas, sino por mis reacciones de espectadora durante la hora y media en que asistí a la proyección en una sala de cine. Y la más persistente de esas reacciones se debe a la sensación de estar observando un terrario poblado de personas modestas –a veces miserables- reducidas ante la cámara a un rol de bichito curioso.
Manuel de Ribera pone en escena a un protagonista epónimo potencialmente interesante (Eugenio Morales), un hombre solitario que inesperadamente hereda una isla en el sur. Sin lazos que lo retengan en la ciudad o en el centro del país, parte en actitud de colono. Su proyecto es crear una comunidad; invitar a otras personas del sector a construir sus casas en tierras que él les cedería. Si en Santiago podría pasar por medio marginal, en la miserable caleta de pescadores "vecina" a la isla, más bien parece un poderoso citadino, a lo que contribuye la actitud de suficiencia y condescendencia de su altruismo.
La principal relación que establece es con un joven, igualmente "afuerino" –aunque ya lleva algunos años allí-, que lo transporta en lancha y comparte algunas conversaciones y silencios. Así van sucediéndose momentos y paisajes. A veces, más que sucediéndose, repitiéndose, en un gesto que no cuaja del todo pero sugiere buenas ideas. Ideas, eso sí, manidas por una cierta fórmula minimalista, y que quizás la premura no permitió procesar, digerir, para apoderarse de ellas.
El problema mayor, no obstante, viene cuando nuestro hombre interactúa con los habitantes locales, campesinos, pescadores o parroquianos del bar a los que intenta reclutar para su proyecto.
El cine lleva en sí la relación con el otro. A menudo la creación misma implica una mirada hacia otro, definido o abstracto; ausente o presente frente a la cámara. Y en la visión de una película el espectador establece una relación con el realizador y con el sujeto filmado o representado. Cuando siento que estoy viendo a los habitantes de la región como quien observa un terrario, me resulta imposible instalarme en esa relación con el otro. Porque no hay relación; no hay reciprocidad. No hay un sujeto sino un objeto.
Intuitivamente siento que no había una intención de explotación, sino que la cinta cae en la trampa de pretender una cierta autenticidad, en una reducción análoga a la de Manuel de Ribera, que no logra establecer una verdadera conexión con los locales justamente por no saber verlos de verdad, obnubilado por la convicción en su propio proyecto. Pero lo auténtico rara vez coincide con lo que de antemano esperábamos ver. Al contrario, el problema es cuando trata de adaptarse a esa expectativa. Ya sea que los realizadores hayan dado indicaciones a las personas, o que éstas se hayan encontrado "libres" frente a la cámaras, la puesta en escena siempre tendrá lugar, aunque sea la inevitable "auto-puesta en escena" que problematiza precisamente el documental etnográfico, con el que Manuel de Ribera coquetea.
La moda actual (aunque no por eso nueva) de "documentalizar" la ficción amplifica el riesgo de objetización de los sujetos, ya sea para el realizador, o, con la connivencia del realizador, para quienes se prestan al juego de ser instrumentalizados en un relato ficticio. La línea del respeto es frágil. La complicidad no basta, pues la mayoría de la gente no tiene una conciencia y mucho menos el control de su imagen final. Pero sí suele haber una clara comprensión del propio exotismo, de por qué la cámara lo está enfocando, de qué es lo que la cámara espera captar.
El resultado de ese riesgo, y que es lo que sucede a lo largo de la película de Carrera y Murray, es la irrupción inoportuna del tono caricaturesco, sin importar si a la base se trata de actuaciones (caricaturales, en ese caso), o de la representación o simplemente presencia "espontánea" de sí mismo. En la celeridad de la improvisación, la auto-puesta en escena se transforma con demasiada facilidad en auto-caricatura.
El síndrome del terrario es uno de los mayores riesgos de un cine que generalmente nace de intenciones nobles de ir contra la corriente en la representación del mundo; pero que al no asumir conscientemente las estructuras sociales de poder de las que parte, al no reconocer la posición de privilegio desde la que mira, profundiza y perpetúa la distancia frente al otro.
- > natalia dijo: 10 de Marzo de 2010 a las 17:21 hrs.
- pamela, lamentablemente no he visto la película que se menciona pero quiero decirte que hay tres o cuatro claves en tu crítica que me ayudan a mirar mejor y creo que enriquecen mi afición de ver películas. En fin, se agradece eso.
- > alejandra dijo: 08 de Marzo de 2010 a las 10:22 hrs.
- Este es el síndrome de la crítica chilena!! Mucho bla bla que no aporta en nada.
- > andres dijo: 08 de Marzo de 2010 a las 10:08 hrs.
- Típica crítica chilena! entonces uno se pregunta, por que quedó seleccionada en el Bright Future del Festival de Rotterdam?
- > bruno bettati dijo: 08 de Marzo de 2010 a las 10:08 hrs.
- pamela,
pasas por alto el talento de los directores para ganarse la confianza de los lugareños
para lograr la invisibilidad de la cámara
y para capturar momentos realmente íntimos de esas personas
todo ello, que me motivó a producir el film como habitante del sur, escapa a tu tesis del terrario